Entre los hombres a quienes las Diosas Fama y Fortuna halagan, podemos diferenciar dos géneros: unos que simplemente se hacen a la mar sin saber exactamente a qué puerto arribarán; otros ponen proa mar adentro dispuestos a conquistar su destino. A los primeros la fortuna les sale al paso, pero a los segundos les ocurre algo singular: el corazón presiente la gloria y su imaginación dibuja la meta, entre mareas y tormentas. Heinrich Schlieman pertenece al segundo género de hombres.
Desde Grecia se dirigió a la región de Tróade (hoy territorio turco) donde vagamente se suponía que pudo haber existido la “bien murada Ilión” (1). La única pista a seguir, era la descripción que de la zona hacía el canto número XXII de la Ilíada: “…allí brotan dos fuentes gorgojeantes de las que nacen dos riachuelos afluentes del turbulento Escamandro. De una mana siempre agua caliente, como humo del fuego ardiente; la otra está siempre fría como el granizo, incluso en verano o invierno, arrastra trozos helados…”. Lo sorprendente era que, con ayuda de un guía, Schlieman descubrió la existencia de casi cuarenta pequeñas fuentes con las mismas características. Concluyó que en aquella zona no pudo haberse situado la ciudad legendaria de Troya. Además estaba a tres horas de la costa, y no le pareció lógico que los aqueos recorrieran semejante distancia desde donde se hallaban sus veloces naves hasta la muralla de la ciudad sitiada.
