Miro por la ventana de este cuarto estrecho, apenas garua y hace frío. Entonces vuelvo a mi cama y me cubro. No espero nada, tal vez la muerte, aunque mucha diferencia no hay: hace años que para los demás y para mí dejé de existir. A veces me visita mi madre y de vez en cuando algunos amigos, aunque hace meses que no se aparecen. Supongo que algunos ya se habrán cansado al verme tan ensimismado y ausente y sentirán que no tiene sentido estar o tratar de conversar con una piedra, porque eso soy, lo soy desde hace años, desde hace mucho.
Por ahí viene siempre puntual el enfermero, que me inyecta esa medicina que me pone tonto, lento, pero que para el médico es mi “medicina”. No sé que sentido tiene tratar de curar o suministrar drogas a alguien que “no tiene esperanzas” como le dijeran a mi madre hace años.